miércoles, 16 de febrero de 2011

Intentando entender (I)

Si el tirano no hubiese muerto en la cama, si la transición no hubiese dado carpetazo a cuarenta años de dictadura con una Ley de Amnistía que cerraba en falso la herida de la guerra y la posguerra permitiendo que la podredumbre siguiese creciendo en su interior, probablemente los que habían tenido el coraje de jugarse la vida enfrentándose al régimen, incluso aquellos cuyos métodos nos parecen hoy reprobables, hubieran sido condecorados como luchadores por la libertad y su trayectoria posterior hubiese sido muy diferente.
La esperanza alimentada durante cuarenta años murió por decreto a cambio de una pseudo-democracia que mantenía en el poder a los de siempre, que no depuraba a los torturadores, que dejaba en la calle a los asesinos del régimen, que no devolvía lo expoliado ni reparaba el honor, ni compensaba los años perdidos de las víctimas. Durante años, además, continuaron las detenciones, los atentados contra los derechos fundamentales y los asesinatos de manifestantes, obreros y estudiantes por fuerzas del orden y bandas de ultraderecha que campaban a sus anchas protegidas por las autoridades.
Y si la transición no fue total,  tampoco el abandono de las armas. E incluso para gente que reprobaba la violencia, parecía “casi” fácil asumir los atentados contra los criminales a los que nadie más parecía dispuesto a castigar. Pero el tiempo pasó y comenzó a haber “daños colaterales”: chóferes, escoltas, transeúntes, vecinos, por los que nadie pedía disculpas y los “castigados” empezaron a ser otros: extremeños, gallegos, andaluces, cuyo único delito había sido nacer en tierras sin pan y tener que buscarse la vida en el trabajo y el lugar que nadie quería, y ahí ya nadie pudo entender.

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